1.11.07

Olores

No sé cual es mi problema con los olores, pero debo decir que son uno de mis mayores placeres. En este preciso momento está entrando un olor a asado que me provoca lanzarme por mi ventana y tratar de planear hacia la casa o departamento de donde viene este preciado olor. Pero no sé volar, no quiero morir en la búsqueda de un estúpido olor. Pero debo decir que existe una esencia, un aroma por la que si sacrificaría mi vida y tendría sentido hacerlo. Un olor por el que una última “antibocanada”, sea suficiente y más de hecho, como para morir con una placidez y tranquilidad digna del monje shaolin más experimentado. Se trata del olor de ella, debo decir que era lo que más me gustaba de ella. El hecho de saber que pasaría todas las noches de mi vida junto con ese aroma era algo que me fascinaba, me llenada de esperanza. Por lo mismo el no tenerlo hoy, provoca lo contrario. No podría tratar de explicar, de hacer lógico, lo que me provocaba, pero puedo empezar por decir tranquilidad, como ya dije antes. La única esencia que me provocaba eso antes, no lo mismo, pero cercano, era el olor de mi mamá. Tanta tranquilidad me daba el aroma de mi madre, que podía producir el más dulce e mis sueños, incluso si me encontraba con poli contusiones y mi morfina se había acabado. Era impresionante, la mejor de las endorfinas. Pero el de ella, la inspiradora de todas estas últimas historias, era y es, aún más potente. Y, al menos por un tiempo, parecía imperecedero.
La verdad es que este relato tiene ninguna lógica. Pero anoche volví a dormir tranquilo de nuevo, al menos por un día. Y me acordé de su olor. O bueno, tal vez su olor, me hizo dormir bien nuevamente.